miércoles, 7 de febrero de 2024

Un nuevo cumpleaños

 Hoy sería tu 92 cumpleaños, creo. Y  no es porque sea tu cumpleaños que escribo, ni tampoco porque sea hoy el único día que me acuerdo de vos. En realidad no pasa un sólo día en que no me acuerde, ni rece por vos. Claro que rezo porque me dijeron, un día, que rezar por los difuntos no es porque ellos lo necesitan, sino porque ellos rezan por el que reza, así que estoy haciéndote chantaje: yo rezo por vos para que vos recés por mí.

También ponía, ayer, una frase de Pironio, ahora es el Beato Pironio, tu amigo, que hablaba de dar gracias a la vida. Y eso es algo que lo aprendí de vos, porque siempre sigo poniendo (por ahí) aquello de Fieles a la Vida. Pensar que Fieles a la Vida derivó de tu lema de ordenación: Holocausto para dar vida (o algo muy parecido, porque no me lo acuerdo en latín), pero hoy la estuve pensando mucho.

Quería quemar tu vida para dar vida a los hombres, por eso también: "fuego he venido a traer a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!". Son frases que han quedado grabadas a fuego (verdaderamente) porque tu persona ha dejado una huella imborrable en mi vida. No hace falta que te diga que es imposible seguir esa huella, pero que lo intento cada día.

Sí, cada día, porque al despertarme intento recordar el tener que abrir las ventanas de la habitación (aunque mi habitación tiene la persiana rota y está siempre levantada) pero mirar hacia afuera y reconocer un día nuevo para dar gracias, es lo que siempre decías e intentabas que viviéramos. Porque había que saber que ese día era una nueva oportunidad para ser Fieles a la Vida.

Aunque esa Vida no sea la que esperábamos, aunque esa Vida no fuese la que teníamos planeada, pero había que buscar la Fidelidad igualmente. Por eso las cuatro manera de buscar y discernir la Voluntad de Dios, algo tan difícil para quienes no hemos tenido la capacidad de crecer tanto en la vida espiritual como lo hiciste vos, con la Gracia de Dios.

Pero hay algo que en este camino de Fidelidad a la Vida sigo intentando: vivir la alegría de ser hijo de Dios. Una alegría que siempre buscabas en mi mirada, porque sabías que mis ojos decían mucho más que mis palabras, esas que no me salían pero que sabías distinguir. Sabías cuando estaba alegre, triste, enfadado o si algo no me gustaba. Por eso siempre me pedías que me quitara los anteojos de sol, porque no podías ver mis ojos.

Claro es que, también, aprendí a leer tu mirada y saber cuándo hablar y cuándo callar, aunque, hubo veces que hubieras preferido que callara porque te decía cosas que no querías escuchar, pero la culpa había tuya, porque me enseñaste a ser Fiel a la Vida y a la Voluntad de Dios, una Voluntad de Dios que se manifiesta por medio de los hermanos, y yo no sólo era hijo espiritual tuyo, sino, también, hermano en el sacerdocio.

Y eso es, quizás, una virtud que he aprendido a vivir: decir lo que creo que es Voluntad de Dios, ya sea a un par o alguien que no sea par, sino que sea autoridad. No se puede ocultar aquello que Dios te pide decir, porque, como dice el Señor: "te pongo como atalaya para decir a tus hermanos". Si Él te dice que tienes que hablar, aunque no sea fácil decirlo hay que decirlo.

Por eso, ahora ya no hay más que decir. Seguimos en otro momento. Que festejes junto a Bernardo, tu Ángel de la Guarda, y, toda esa familia de sangre y de espíritu que junto a vos disfrutan del Cielo.

jueves, 12 de mayo de 2022

Si tu enemigo...

Hace mucho tiempo que no entraba por aquí. ¿Por qué? No lo se. Y no es porque no tenga a Efraín presente en mi vida. Sus eneseñanzas y su persona siempre están presentes, incluso en mis predicaciones u homilías, muchas veces, digo "como nos lo decía el P. Efraín", y la gente ya sabe quién es, no tengo mucho que explicar.

En estos días le recordaba a alguien una de las frases que un día Efraín me hizo pasarle en la compu porque la quería tener debajo del vidrio de su escritorio (no se si estará aún) Era un párrafo de una carta de San Pablo a los romanos, capítulo 12, 20-21:

"Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: actuando así amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal, antes bien vence el mal con el bien".

Son de esas cosas que tenía el Cura para poder educar su personalidad, su manera de aceptar las cosas que le decían otros, o que otros hacían contra él. Su temperamento lo llevaba a querer devolver la ofensa o el daño, pero no lo hacía, sabía contener su bronca frente a ciertas cosas o palabras.

Cuando le dí el papelito con la frase y lo puso debajo de su vidrio le pregunté por qué lo ponía; me dijo que nunca se lo había puesto a pensar, que eran de esas frases de la Biblia que siempre las lees pero que llega un día que las sentís como propias y necesitas tenerlas cerca para no olvidarlas".

Así esas palabras de San Pablo siempre me quedaron grabadas para, también, aprender a controlar mi instinto de venganza, porque no han sido pocas las veces que uno tiene ganas de devolver los golpes, pero siempre me acuerdo de esas palabras e intento hacer todo lo contrario.

Así como esa frase tenía otras tantas que siempre le hacían recordar algo o a alguien, también tenía fotos que le permitían recordar a personas por las que rezaba habitualmente.

domingo, 30 de julio de 2017

Otro recuerdo de José María González

Hace unos días recibí esta carta por mail. Realmente me alegró mucho que alguien que lo conoció a Efraín hace tanto tiempo quisiera compartir conmigo su recuerdo. Claro que le pregunté a él si lo podía compartir con todos, así que aquí va su recuerdo.

25.07.2017
Estimado amigo, hace tiempo quiero enviarte estas cosas para compartirlas contigo, son tan lejanas, tan fundamentales en mi vida, tanta vida transcurrida que no se por donde empezar, quizá el tiempo me ayude a ordenar un poco las ideas y quizá con tu ayuda podamos reconstruir un poco ese pasado que por lo que vi, fue también, muchos años después ¡!! Fundamental para ti. 
Las fotos son de enero o febrero de 1967 (antes de la ordenación del negro Efraín, como lo llamábamos). El lugar es una posada abandonada que ahora esta bajo el lago formado por el dique “Los Molinos” sobre el Río Los Reartes en la Provincia de Córdoba. Sentado de espaldas se ve a Efraín, con su sombrerito, en una charla, nótese la atención de sus escuchas.
En ese momento estuve también en su casa de Córdoba capital, con su madre. La mujer que aparece en la foto fue la cocinera del “campamento espiritual” que estábamos realizando, gran amiga de la madre de Efraín, y también mi madre.
Los que allí se ven somos, algunos seminaristas y otros alumnos por comenzar el 4° año en el Instituto Vicente Palloti de Turdera donde Efraín fuera vicerrector por un corto período.
El distintivo bordado fue diseño mío y bordado por mi madre para los 12 o 13 que, de todos los que se ven, terminamos el 5° año en el año siguiente. En Él se ve un león representando la fuerza con la que salíamos a la vida, armados con la cruz-espada y detrás del escudo del IVP, cuyo lema fue mientras que Efraín estaba a cargo: FORMAR PERSONAS EN PLENA, TOTAL Y AMOROSA ARMONIA CON EL TODO DE LA REALIDAD: DIOS, LA PATRIA Y LA GENTE. Lema grabado a fuego en mi corazón de 16 años, en que conocí a mi Padre Espiritual. (Soy huérfano de padre de nacimiento)
El Cristo de alambre es de ese campamento. Lo hizo el, en ese momento, seminarista Sergio (el primero sentado a la izquierda de la foto) para que presidiera las misas que oficiaba el flaco Padre Nicolas (a la derecha de Efraín en la foto grande) y desde ese momento esta conmigo porque es UNA GRAN OBRA DE ARTE!!!. Perdón pero es la única forma para definir ese objeto, aparte del valor personal que tiene para mí. ¡! El tipo lo hizo con un alambre que encontró tirado en el campo ¡!
Y lo demás no tengo que explicarte nada.
Ha sido un placer, creo que para ti va a ser un tesoro como lo es para mi.

José María González









lunes, 7 de diciembre de 2015

49º Aniversario de Ordenación Sacerdotal

“Fuego he venido a traer a la tierra y qué he de querer sino que arda”
Esta frase era la que eligió Efraín para su ordenación sacerdotal, hoy (7.12.2015) hace 49 años que fue ordenado sacerdote. Una frase que marcó su vida sacerdotal y que intentó vivirla en todo sentido, haciendo del sacerdocio su vida y su entrega en cada Misa.
Una Gracia especial que pidió el día de su ordenación fue la de “cada vez que celebre una Misa que sea mi Primer Misa”, porque no quería volverse un profesional de la Misa, sino que cada Misa sea vivida intensamente para que los que compartieran con él la Eucaristía, también pudieran vivirla y no sólo escucharla.
Siempre nos contaba que antes del Concilio, que fueron los momentos de su preparación para la ordenación sacerdotal, tenían que ensañar muy bien la liturgia de la Misa: la forma de hablar, la postura de las manos, cómo había que levantar las manos, cómo colocarlas en el momento de la consagración, si tocar o no los paños del altar, y ¡tantas cosas más! que si no las hacía cómo debías podías caer en pecados veniales por infligir alguna ley litúrgica. Hasta el día en que ser ordenó sacerdote y, por la renovación, litúrgica no se tuvo que atar a tales leyes, sino que celebrar misa no era caer en pecados litúrgicos, sino que había que vivirla con intensidad sabiendo qué era lo que se estaba haciendo: vivir el Misterio de la Eucaristía, de un Dios que le dio al hombre la capacidad de hacer que el Pan y el Vino se transformaran en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, Nuestro Dios y Señor.
Por eso, cada Misa era como la Primera vez que la celebraba, porque la Primera Misa siempre tiene ese calor especial, ese asombro especial, pues por primera vez eres capaz de pronunciar las palabras del Señor y entregar a tus hermanos la Vida misma de Jesús. Hay en la celebración de la Misa un especial Amor cuando se vive, pero cuando sólo se cumple no encuentras más que un acto religioso que no llena el corazón ni del que celebra ni del que participa.
Ponía especial cuidado en la preparación del altar, en los Vasos Sagrados, en el mantel, en los paños: purificadores, corporales, y todo lo que se usa para la celebración. Y no sólo ponía cuidado por que le gustaba que todo estuviera bien, sino porque lo que se celebraba no era cualquier cosa, no era la mesa de la cena o el almuerzo, era la Mesa del Altar en donde vendría a posarse Nuestro Dios y Señor, es el lugar en donde el Señor compartió la Última Cena con sus apóstoles.
Claro que también ponía interés en las normas litúrgicas de la celebración, pero no se dejaba atar por las normas, sino que las normas litúrgicas era para poder  vivir más intensamente la eucaristía, las respetaba y las vivía en función del Misterio que celebraba.

Por lo menos, para mí, siempre fue muy bueno poder estar junto a él en cada eucaristía, sea el lugar que sea: nuestra casa, al aire libre, una Iglesia o una Basílica, no le importaba a Efraín el lugar, sino lo que celebraba, y lo transmitía en cada palabra y en cada gesto. Por eso le gustaba poder tener su tiempo de preparación, aunque, a veces, no podía porque siempre algo había que decirle antes de la misa, o alguien venía con algún comentario… pero por dentro siempre iba con el corazón ardiendo por encontrarse con el Señor en la Eucaristía, por vivir ese hermoso misterio que es la Gracia de poder “ser Jesús al partir el Pan y al entregar el Vino, sabiendo que es Su Cuerpo – Mi Cuerpo, Su Sangre – Mi Sangre” que se entrega para la salvación de los hombres.

viernes, 30 de octubre de 2015

Devoción al Espíritu Santo


Quizás a muchos no les suene para nada estas imagines. Otros se acordarán que es la manera de escribir que tenía Efraín (antes de la computadora) en su máquina de escribir. Son los 7 Dones del Espíritu Santo, explicados (sumisamente y en lo que le interesaba) escritos en los famosos tarjetones de cartulina y plastificados. Efraín los tenía, junto a la Secuencia del Espíritu Santo, en su Breviario (libro de oraciones litúrgicas).
Nuestra última conversación no fue de las más agradables, fue un día antes de irme de viaje a Roma, junto con Any, un viaje que había sido programado con Efraín y que él quería que hiciéramos y, aunque casi todos, estábamos en contra en ese momento, Efraín en esa charla lo volvió a ratificar. Claro que discutimos un poco, como era habitual cuando había algunas cosas que no nos gustaban a uno y a otro, pero siempre, al final de cada charla (o discusión) volvíamos a encontrarnos.
Ese día, al finalizar nuestra conversación me dio los dos cartones: la Secuencia del Espíritu Santo y los Dones. ¿Por qué? Por que sabía que los iba a necesitar. Por que sabía que, como él, yo también tenía una gran devoción al Espíritu Santo, una devoción que él me había transmitido.
Efraín al finalizar el rezo de Laudes, cada mañana, rezaba la Secuencia del Espíritu Santo y pedía sus 7 Dones, porque sabía que no podría ser Fiel a la Vida si el Espíritu Santo no le regalaba cada día sus Dones Sagrados.
Al ser tan consciente de sus debilidades en la misma medida era consciente de dónde le venía la fortaleza y la sabiduría para poder perseverar en la Fidelidad a la Vida que el Señor le pedía vivir. Era consciente, también, que la Obra que Dios le había pedido comenzar no era Obra de Efraín, sino que era Obra del Espíritu Santo, y que sin Él no podría llevarla a cabo.
De esta realidad tomó mucho más consciencia cuando viajamos a Roma, en Octubre del 99. Allí el Secretario de la Congregación de Institutos de Vida Consagrada, con quien estuvimos hablando, le hizo darse cuenta que lo que Dios quería de la Obra sólo él lo sabía, porque a nadie más se le había confiado el carisma de la FAM y por lo tanto era él quien tenía que decidir hacia dónde debía encaminarse la FAM.
A partir de ese momento, si podría ser más, aumentó más la devoción al Espíritu Santo, por que tomó consciencia que tenía que defender esos Dones sólo con la fuerza del Espíritu, porque, en definitiva, era Él quien suscitaba esos carismas en su corazón, y era él quien podía interpretar con Su Luz lo que Dios quería.
Esa última charla antes de partir a Roma fue la última porque ya no hablé más con Efraín, cuando volvimos de Roma ya había partido a la Casa del Padre, pero antes de irse me había dejado ese hermoso regalo: la devoción incondicional al Espíritu Santo, con una condición: nunca le cierres las puertas al viento huracanado del Espíritu, porque si quieres ir en contra del Espíritu Santo no lo podrás hacer, o, mejor dicho, como le dijo alguna vez a alguien: perderás tu vida espiritual si intentas ir en su contra.

martes, 20 de octubre de 2015

Hace doce años en el mismo lugar

Hace doce años estaba en Roma, también, y no pude dejar de recordar todo lo vivido en esos días, por eso vuelvo a publicar algo que escribí hace unos meses. Recién he celebrado una misa en la Capilla de la Madre del Divino Pastor, y la he ofrecido por Efraín, y por lo que eran sus intenciones de siempre: su familia, la FAM y aquellos que se encomendaban a sus oraciones.


Anoche tuve la Gracia de volver a soñar contigo. Parecía que sólo ayer nos habíamos visto por última vez. Pero al despertar no estabas, pero yo se que siempre estás.
La última vez que nos vimos fue al comenzar el viaje a Roma. No se si te distes cuenta que no nos veríamos más. Aunque yo sé que sí, que lo sabías desde hacía mucho.
Es por eso que quiero hoy comenzar por lo último.
Para muchos fue muy extraño que cuando llegué a San Roque y estuve frente a tu cuerpo sin vida no rompiera en llantos. Es que, como vos decías siempre, ese no eras vos: eran tus restos mortales: ya habías vuelto a la Casa del Padre. Por eso ahora voy a contarte, aunque lo sabes, aquello que escribía en mi diario mientras te preparabas para ir al encuentro del Señor.

Es así que nunca sufrí tu retorno al Padre, pues era lo que tú anhelabas. Desde que aceptaste seguirlo sabías que un día volverías a Su Casa, y aunque creías que iba a ser mucho más antes, sabías que cuando llegara la hora estarías preparado para aceptar, una vez más, el llamado.
Por eso tuvimos la oportunidad de estar, los últimos días de tu calvario muy unidos desde la oración, desde el encuentro profundo del diálogo con el Señor, pues es el único que conocía y conoce los corazones de los hombres. Y, Él conocía tu corazón. Y también conoce mi corazón. Sabe, aunque muchos no lo sepan, que sólo el Amor a Él nos unía estrechamente. Perdón, que nos une estrechamente, pues la muerte terrenal no puede separarnos del Amor de Dios, del Amor a Dios.

Fueron esos días, tú con tu cruz; yo en la distancia, donde pude vivir aquello que tantas veces te había dicho, que lo aprendí de Santa Teresa de los Andes: cuando usted me necesite Papacito, me encontrará a los pies del Señor, ante el altar. Yo tenía al Señor en cada altar de Roma, en cada Iglesia, aún en la casa donde vivíamos. Tú tenías el altar de la cruz en tu carne, en tu cuerpo. No recuerdo aún momentos de mayor oración y profunda contemplación, pues supe que ya no nos veríamos más aquí en la tierra, sino que nuestro próximo encuentro sería junto al Señor, en el altar de cada Eucaristía y, más adelante en el Altar del Cielo.
Sabes bien que no le pedí a Dios, en esos días que te sanara, y eso me trajo algunos enojos y enfados con algunos. Habíamos aprendido que no había que forzar a Dios a hacer milagros, pues el mejor milagro era pedir la fortaleza necesaria para aceptar con gozo la Cruz. Pues habías asumido, al seguirlo, todos los caminos y no había que rechazar ninguno. Cada día le pedía la fortaleza de tu espíritu para seguir, como cada día de tu vida, aceptando el madero de la Cruz. Pues eso fue lo que enseñaste en cada homilía, en cada predicación, en cada momento.
Muchas veces no entendíamos por qué tanto énfasis en la predicación de la Cruz, pero finalmente se comprende que si no la aceptamos no llegamos al Encuentro. Pues sólo abrazando apasionadamente el árbol de la Cruz es como se alcanza la Vida. Y así lo hiciste. Abrazaste ese leño con todas tus fuerzas, con todo tu ser, con todo tu corazón y con toda tu mente.
Pero, querido padre, esos últimos momentos, no fueron los más dolorosos de tu vida. Esos días sólo fueron el culmen de tu vida. Sabiendo que era el momento de la entrega final, ese abrazo fue el abrazo más gozoso de tu vida, pues en él no tenías ya fuerzas para rechazarla, en cambio tenías la certeza del encuentro gozoso con el Amor Amado.

No hubo llantos. Sí lágrimas porque te ibas, o, mejor, como tú decías: te adelantabas a nosotros. Pero tú lo deseabas, era el encuentro esperado ¿por qué llorar?

viernes, 2 de octubre de 2015

Algo sobre Santa Teresita y los Ángeles Custodios

Santa Teresita de Lisieux y los Santos Ángeles Custodios llegaron a mi vida por medio de Efraín. La Historia de un alma fue el primer libro que me dio el padre para leer, y con esa lectura comencé el año de espiritualidad.
Es que para Efraín Teresita (como le decíamos en familia) era alguien muy importante en su vida sacerdotal, porque cuando comenzó su Noviciado en Chile, en la SAC, hizo con ella una alianza de amor. Lo hizo porque se conocía a sí mismo y necesitaba alguien que, desde el Cielo, lo acompañara y fortaleciera para vivir su vocación. Así Santa Teresita fue para él un modelo de vida muy claro y concreto.
La infancia espiritual fue un rasgo muy característico de su espiritualidad que, aunque no lo pareciera, tenía fuertes raíces en él e intentaba, contra viento y marea, poder transmitir la fuerza de este Caminito. Confianza y abandono en el Señor y María, han sido dos pilares que Teresita fue legando en su vida, y que él, a su vez, fue legando en quienes lo escuchábamos y seguíamos (y seguimos) su espiritualidad.
En ese espíritu de niños que fue conquistando a lo largo de los años, también incluyó de modo constante a su Santo Ángel de la Guarda, a quien le tenía mucha devoción porque confiaba en su compañía, en su cercanía y en aquello que decía Jesús: que ellos estaban día y noche en la presencia del Padre Celestial, y por eso sabían qué era lo que Dios quería de cada uno de nosotros. Fue Efraín quien me enseñó que el Ángel de la Guarda tenía un nombre, el de él se llamaba Bernardo. De este modo podía tener un diálogo más personal con su Ángel.
Eran esta pequeñas cosas de la vida cotidiana que uno podía disfrutar en el diálogo con Efraín, cuando íbamos de viaje, cuando salíamos a algún lado, o simplemente cuando estábamos tomando unos mates, o en alguna charla sin tiempo y sin tema.
Su espontaneidad para hablar de las cosas de Dios era, para mí, algo maravilloso pues lo hacía con total naturalidad. No había nada en su espiritualidad que lo guardara en secreto, porque sabía que lo que él había conquistado era por la Gracia de Dios, aunque también le implicaba mucho esfuerzo personal de negación y de entrega, pero que no habría sido nada si no lo hubiera recibido de lo alto.

Así, los que hemos estado bajo su tutela y formación sabemos que era muy importante para él los pequeños gestos realizados con amor, desde el secar la pileta del baño después de lavarnos la cara o los dientes, hasta el saludo de la mañana y la sonrisa de cada día. Aunque muchas veces fuera exigente y duro en sus enseñanzas y correcciones, sabíamos que siempre contábamos con la cercanía del padre que escucha, comprende y acompaña, pero era constante en la vivencia de los pequeños gestos de amor que tenía con todos y que quería que todos lo pudiéramos aprender y vivir.