lunes, 7 de diciembre de 2015

49º Aniversario de Ordenación Sacerdotal

“Fuego he venido a traer a la tierra y qué he de querer sino que arda”
Esta frase era la que eligió Efraín para su ordenación sacerdotal, hoy (7.12.2015) hace 49 años que fue ordenado sacerdote. Una frase que marcó su vida sacerdotal y que intentó vivirla en todo sentido, haciendo del sacerdocio su vida y su entrega en cada Misa.
Una Gracia especial que pidió el día de su ordenación fue la de “cada vez que celebre una Misa que sea mi Primer Misa”, porque no quería volverse un profesional de la Misa, sino que cada Misa sea vivida intensamente para que los que compartieran con él la Eucaristía, también pudieran vivirla y no sólo escucharla.
Siempre nos contaba que antes del Concilio, que fueron los momentos de su preparación para la ordenación sacerdotal, tenían que ensañar muy bien la liturgia de la Misa: la forma de hablar, la postura de las manos, cómo había que levantar las manos, cómo colocarlas en el momento de la consagración, si tocar o no los paños del altar, y ¡tantas cosas más! que si no las hacía cómo debías podías caer en pecados veniales por infligir alguna ley litúrgica. Hasta el día en que ser ordenó sacerdote y, por la renovación, litúrgica no se tuvo que atar a tales leyes, sino que celebrar misa no era caer en pecados litúrgicos, sino que había que vivirla con intensidad sabiendo qué era lo que se estaba haciendo: vivir el Misterio de la Eucaristía, de un Dios que le dio al hombre la capacidad de hacer que el Pan y el Vino se transformaran en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, Nuestro Dios y Señor.
Por eso, cada Misa era como la Primera vez que la celebraba, porque la Primera Misa siempre tiene ese calor especial, ese asombro especial, pues por primera vez eres capaz de pronunciar las palabras del Señor y entregar a tus hermanos la Vida misma de Jesús. Hay en la celebración de la Misa un especial Amor cuando se vive, pero cuando sólo se cumple no encuentras más que un acto religioso que no llena el corazón ni del que celebra ni del que participa.
Ponía especial cuidado en la preparación del altar, en los Vasos Sagrados, en el mantel, en los paños: purificadores, corporales, y todo lo que se usa para la celebración. Y no sólo ponía cuidado por que le gustaba que todo estuviera bien, sino porque lo que se celebraba no era cualquier cosa, no era la mesa de la cena o el almuerzo, era la Mesa del Altar en donde vendría a posarse Nuestro Dios y Señor, es el lugar en donde el Señor compartió la Última Cena con sus apóstoles.
Claro que también ponía interés en las normas litúrgicas de la celebración, pero no se dejaba atar por las normas, sino que las normas litúrgicas era para poder  vivir más intensamente la eucaristía, las respetaba y las vivía en función del Misterio que celebraba.

Por lo menos, para mí, siempre fue muy bueno poder estar junto a él en cada eucaristía, sea el lugar que sea: nuestra casa, al aire libre, una Iglesia o una Basílica, no le importaba a Efraín el lugar, sino lo que celebraba, y lo transmitía en cada palabra y en cada gesto. Por eso le gustaba poder tener su tiempo de preparación, aunque, a veces, no podía porque siempre algo había que decirle antes de la misa, o alguien venía con algún comentario… pero por dentro siempre iba con el corazón ardiendo por encontrarse con el Señor en la Eucaristía, por vivir ese hermoso misterio que es la Gracia de poder “ser Jesús al partir el Pan y al entregar el Vino, sabiendo que es Su Cuerpo – Mi Cuerpo, Su Sangre – Mi Sangre” que se entrega para la salvación de los hombres.

viernes, 30 de octubre de 2015

Devoción al Espíritu Santo


Quizás a muchos no les suene para nada estas imagines. Otros se acordarán que es la manera de escribir que tenía Efraín (antes de la computadora) en su máquina de escribir. Son los 7 Dones del Espíritu Santo, explicados (sumisamente y en lo que le interesaba) escritos en los famosos tarjetones de cartulina y plastificados. Efraín los tenía, junto a la Secuencia del Espíritu Santo, en su Breviario (libro de oraciones litúrgicas).
Nuestra última conversación no fue de las más agradables, fue un día antes de irme de viaje a Roma, junto con Any, un viaje que había sido programado con Efraín y que él quería que hiciéramos y, aunque casi todos, estábamos en contra en ese momento, Efraín en esa charla lo volvió a ratificar. Claro que discutimos un poco, como era habitual cuando había algunas cosas que no nos gustaban a uno y a otro, pero siempre, al final de cada charla (o discusión) volvíamos a encontrarnos.
Ese día, al finalizar nuestra conversación me dio los dos cartones: la Secuencia del Espíritu Santo y los Dones. ¿Por qué? Por que sabía que los iba a necesitar. Por que sabía que, como él, yo también tenía una gran devoción al Espíritu Santo, una devoción que él me había transmitido.
Efraín al finalizar el rezo de Laudes, cada mañana, rezaba la Secuencia del Espíritu Santo y pedía sus 7 Dones, porque sabía que no podría ser Fiel a la Vida si el Espíritu Santo no le regalaba cada día sus Dones Sagrados.
Al ser tan consciente de sus debilidades en la misma medida era consciente de dónde le venía la fortaleza y la sabiduría para poder perseverar en la Fidelidad a la Vida que el Señor le pedía vivir. Era consciente, también, que la Obra que Dios le había pedido comenzar no era Obra de Efraín, sino que era Obra del Espíritu Santo, y que sin Él no podría llevarla a cabo.
De esta realidad tomó mucho más consciencia cuando viajamos a Roma, en Octubre del 99. Allí el Secretario de la Congregación de Institutos de Vida Consagrada, con quien estuvimos hablando, le hizo darse cuenta que lo que Dios quería de la Obra sólo él lo sabía, porque a nadie más se le había confiado el carisma de la FAM y por lo tanto era él quien tenía que decidir hacia dónde debía encaminarse la FAM.
A partir de ese momento, si podría ser más, aumentó más la devoción al Espíritu Santo, por que tomó consciencia que tenía que defender esos Dones sólo con la fuerza del Espíritu, porque, en definitiva, era Él quien suscitaba esos carismas en su corazón, y era él quien podía interpretar con Su Luz lo que Dios quería.
Esa última charla antes de partir a Roma fue la última porque ya no hablé más con Efraín, cuando volvimos de Roma ya había partido a la Casa del Padre, pero antes de irse me había dejado ese hermoso regalo: la devoción incondicional al Espíritu Santo, con una condición: nunca le cierres las puertas al viento huracanado del Espíritu, porque si quieres ir en contra del Espíritu Santo no lo podrás hacer, o, mejor dicho, como le dijo alguna vez a alguien: perderás tu vida espiritual si intentas ir en su contra.

martes, 20 de octubre de 2015

Hace doce años en el mismo lugar

Hace doce años estaba en Roma, también, y no pude dejar de recordar todo lo vivido en esos días, por eso vuelvo a publicar algo que escribí hace unos meses. Recién he celebrado una misa en la Capilla de la Madre del Divino Pastor, y la he ofrecido por Efraín, y por lo que eran sus intenciones de siempre: su familia, la FAM y aquellos que se encomendaban a sus oraciones.


Anoche tuve la Gracia de volver a soñar contigo. Parecía que sólo ayer nos habíamos visto por última vez. Pero al despertar no estabas, pero yo se que siempre estás.
La última vez que nos vimos fue al comenzar el viaje a Roma. No se si te distes cuenta que no nos veríamos más. Aunque yo sé que sí, que lo sabías desde hacía mucho.
Es por eso que quiero hoy comenzar por lo último.
Para muchos fue muy extraño que cuando llegué a San Roque y estuve frente a tu cuerpo sin vida no rompiera en llantos. Es que, como vos decías siempre, ese no eras vos: eran tus restos mortales: ya habías vuelto a la Casa del Padre. Por eso ahora voy a contarte, aunque lo sabes, aquello que escribía en mi diario mientras te preparabas para ir al encuentro del Señor.

Es así que nunca sufrí tu retorno al Padre, pues era lo que tú anhelabas. Desde que aceptaste seguirlo sabías que un día volverías a Su Casa, y aunque creías que iba a ser mucho más antes, sabías que cuando llegara la hora estarías preparado para aceptar, una vez más, el llamado.
Por eso tuvimos la oportunidad de estar, los últimos días de tu calvario muy unidos desde la oración, desde el encuentro profundo del diálogo con el Señor, pues es el único que conocía y conoce los corazones de los hombres. Y, Él conocía tu corazón. Y también conoce mi corazón. Sabe, aunque muchos no lo sepan, que sólo el Amor a Él nos unía estrechamente. Perdón, que nos une estrechamente, pues la muerte terrenal no puede separarnos del Amor de Dios, del Amor a Dios.

Fueron esos días, tú con tu cruz; yo en la distancia, donde pude vivir aquello que tantas veces te había dicho, que lo aprendí de Santa Teresa de los Andes: cuando usted me necesite Papacito, me encontrará a los pies del Señor, ante el altar. Yo tenía al Señor en cada altar de Roma, en cada Iglesia, aún en la casa donde vivíamos. Tú tenías el altar de la cruz en tu carne, en tu cuerpo. No recuerdo aún momentos de mayor oración y profunda contemplación, pues supe que ya no nos veríamos más aquí en la tierra, sino que nuestro próximo encuentro sería junto al Señor, en el altar de cada Eucaristía y, más adelante en el Altar del Cielo.
Sabes bien que no le pedí a Dios, en esos días que te sanara, y eso me trajo algunos enojos y enfados con algunos. Habíamos aprendido que no había que forzar a Dios a hacer milagros, pues el mejor milagro era pedir la fortaleza necesaria para aceptar con gozo la Cruz. Pues habías asumido, al seguirlo, todos los caminos y no había que rechazar ninguno. Cada día le pedía la fortaleza de tu espíritu para seguir, como cada día de tu vida, aceptando el madero de la Cruz. Pues eso fue lo que enseñaste en cada homilía, en cada predicación, en cada momento.
Muchas veces no entendíamos por qué tanto énfasis en la predicación de la Cruz, pero finalmente se comprende que si no la aceptamos no llegamos al Encuentro. Pues sólo abrazando apasionadamente el árbol de la Cruz es como se alcanza la Vida. Y así lo hiciste. Abrazaste ese leño con todas tus fuerzas, con todo tu ser, con todo tu corazón y con toda tu mente.
Pero, querido padre, esos últimos momentos, no fueron los más dolorosos de tu vida. Esos días sólo fueron el culmen de tu vida. Sabiendo que era el momento de la entrega final, ese abrazo fue el abrazo más gozoso de tu vida, pues en él no tenías ya fuerzas para rechazarla, en cambio tenías la certeza del encuentro gozoso con el Amor Amado.

No hubo llantos. Sí lágrimas porque te ibas, o, mejor, como tú decías: te adelantabas a nosotros. Pero tú lo deseabas, era el encuentro esperado ¿por qué llorar?

viernes, 2 de octubre de 2015

Algo sobre Santa Teresita y los Ángeles Custodios

Santa Teresita de Lisieux y los Santos Ángeles Custodios llegaron a mi vida por medio de Efraín. La Historia de un alma fue el primer libro que me dio el padre para leer, y con esa lectura comencé el año de espiritualidad.
Es que para Efraín Teresita (como le decíamos en familia) era alguien muy importante en su vida sacerdotal, porque cuando comenzó su Noviciado en Chile, en la SAC, hizo con ella una alianza de amor. Lo hizo porque se conocía a sí mismo y necesitaba alguien que, desde el Cielo, lo acompañara y fortaleciera para vivir su vocación. Así Santa Teresita fue para él un modelo de vida muy claro y concreto.
La infancia espiritual fue un rasgo muy característico de su espiritualidad que, aunque no lo pareciera, tenía fuertes raíces en él e intentaba, contra viento y marea, poder transmitir la fuerza de este Caminito. Confianza y abandono en el Señor y María, han sido dos pilares que Teresita fue legando en su vida, y que él, a su vez, fue legando en quienes lo escuchábamos y seguíamos (y seguimos) su espiritualidad.
En ese espíritu de niños que fue conquistando a lo largo de los años, también incluyó de modo constante a su Santo Ángel de la Guarda, a quien le tenía mucha devoción porque confiaba en su compañía, en su cercanía y en aquello que decía Jesús: que ellos estaban día y noche en la presencia del Padre Celestial, y por eso sabían qué era lo que Dios quería de cada uno de nosotros. Fue Efraín quien me enseñó que el Ángel de la Guarda tenía un nombre, el de él se llamaba Bernardo. De este modo podía tener un diálogo más personal con su Ángel.
Eran esta pequeñas cosas de la vida cotidiana que uno podía disfrutar en el diálogo con Efraín, cuando íbamos de viaje, cuando salíamos a algún lado, o simplemente cuando estábamos tomando unos mates, o en alguna charla sin tiempo y sin tema.
Su espontaneidad para hablar de las cosas de Dios era, para mí, algo maravilloso pues lo hacía con total naturalidad. No había nada en su espiritualidad que lo guardara en secreto, porque sabía que lo que él había conquistado era por la Gracia de Dios, aunque también le implicaba mucho esfuerzo personal de negación y de entrega, pero que no habría sido nada si no lo hubiera recibido de lo alto.

Así, los que hemos estado bajo su tutela y formación sabemos que era muy importante para él los pequeños gestos realizados con amor, desde el secar la pileta del baño después de lavarnos la cara o los dientes, hasta el saludo de la mañana y la sonrisa de cada día. Aunque muchas veces fuera exigente y duro en sus enseñanzas y correcciones, sabíamos que siempre contábamos con la cercanía del padre que escucha, comprende y acompaña, pero era constante en la vivencia de los pequeños gestos de amor que tenía con todos y que quería que todos lo pudiéramos aprender y vivir.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Mi primer encuentro con Efraín

Hoy que hace 30 años que Efraín se fue a vivir a Arrecifes quería recordar mi primer encuentro con él que fue a menos de dos meses de estar en Arrecifes. Ahora me doy que apenas se instaló ya estaba buscándolo.... Bueno, así fue la historia...

Hacía ya varios años que me había decidido por la vida sacerdotal, lo hablaba con el P. Eduardo, era él quien guiaba mis pasos hacia ese nuevo estilo de vida. Un estilo de vida que había descubierto y que me llenó el alma desde el primer momento. Me había aconsejado esperar, pues había recibido hacía muy poco mi primera comunión, y ya estaba decidido por la vida sacerdotal, me quedaba un tiempo de maduración, de espera, de encontrar el camino que Dios marcaba y hacia dónde debía ir.
Eduardo te conocía desde hacía más tiempo, y, aunque yo ya te había visto en alguna Misa o conferencia no te conocía. Eduardo sabía de tu vida porque venía seguido a Arrecifes, al Hogar donde había una Comunidad de Consagradas o de Laicas como las llamaban los del pueblo. Una Comunidad que había nacido hace poco y que vos guiabas. A ellas sí las conocía, porque cuando comencé la vida cristiana lo hice en la Capilla Santa María Goretti, ahí estaba el Hogar Santo Domingo Savio y las “Chicas” eran las que acompañaban el Grupo de Jóvenes.
Llegado el momento Eduardo me habló de vos, de la Fundación y de tu idea de abrir una Casa de Formación en Arrecifes, es decir un Seminario. Me contó un poco de tu historia y de lo que intentabas con esa Fraternidad, y que a él particularmente le gustaba porque te centrabas más en la persona que en el estudio, porque veía que había que ayudar a los jóvenes a madurar, a personalizarse, y él creía que eso me haría mucho mejor.
Claro que ese año, 1985, fue un poco complicado para mí. Cambié de trabajo, me llamaron para hacer el Servicio Militar que, aunque estuve sólo 15 días fueron una eternidad. Cuando volví tuve que ser operado de apendicitis y, al tiempo, 45 días con hepatitis. Todo un montón de enfermedades que me impidieron concretar un encuentro con vos. Pero, a la vez, todo un tiempo que me ayudó a profundizar una relación muy especial con Dios, porque hubo días muy especiales de soledad, de oscuridad, de angustia, porque veía que se pasaba el tiempo y no podía llegar a concretar aquello que había decidido hace tanto.
Finalmente, a mediados de octubre del 85 pude concretar un encuentro contigo. Llamé a la Casa de las Chicas y me dieron una hora para charlar, tenía que ser después del trabajo, y con tiempo para tomar el colectivo y llegar a la Villa. Así que pudimos encontrar una hora. Pasaron unos días porque como no vivías en Arrecifes, había que esperar que hicieras un viaje al pueblo, o que vinieras, porque ya estabas preparando todo para instalarte.
Para mí fueron días muy largos no sólo por la ansiedad del momento, sino por los nervios, ¿qué te tenía que decir? ¿cómo hablar con vos? No tenía idea de qué era lo que te iba a decir, cómo me presentaría… tantas cosas rondaban mi corazón y mi cabeza que no podría hacer un recuento de todas. Pero de algo estaba seguro: serías el comienzo de una nueva etapa en mi vida.
Y llegó el día. Llegué a la Casa de las Chicas y saliste a recibirme, mi hiciste pasar a tu despacho que lo tenías instalado en la habitación de adelante, a la derecha del pasillo. Una habitación pequeña, un escritorio, tus libros, y el famoso sillón de las decisiones (así le llamaban las Chicas, después me enteré)
La charla fue sencilla porque ya Eduardo lo había puesto al tanto de mi vida, y creo que habló demasiado de mí porque sabías muchas cosas, tantas que poco tuve que hablar de lo que había vivido. Me dijiste que Eduardo había hablado muchas veces de mí con vos. Así que no tenía mucho para contar, además que tampoco era de contar mucho, adivinaste más de lo que te conté.
Pero me sentí muy seguro, muy tranquilo a pesar de mis nervios. Me contaste de qué era la Fundación y la Fraternidad Mariana Masculina, de cuáles eran tus pretensiones de abrir la Casa en Arrecifes, y que si después del Año Introductorio no me gustaba podría salir e irme donde viera que Dios me pedía. Me hablaste de cómo serían los días y de las cosas que haríamos, para finalmente decirme que comenzaría todo el 15 de enero, y que si quería las puertas estarían abiertas para recibirme que, mientras tanto, si quería, vendrías y te instalarías en la Casa, que si quería podía venir en cualquier momento.
Ese día cambió mi vida, comencé a vislumbrar una nueva etapa, una etapa que había soñado desde hace un par de años, y que vos, con tanta naturalidad le diste un lugar para hacerla realidad.




Hoy me regalaron esta imagen, esa hoja de calendario estaba en el esquinero de su habitación, recordaba el día que había llegado a la Casa: 18 de septiembre de 1985.


jueves, 17 de septiembre de 2015

Presentación

No voy a escribir una biografía de Efraín, sino que, por pedido de muchos amigos y conocidos, a los que he hablado y mencionado a Efraín, me han pedido que les cuente más cosas. Hace ya mucho tiempo que me estoy negando a hacerlo ¿por qué? no lo se, por respeto, por dudas, ¡vaya uno a saber! Pero en estos días me comenzó a rondar su figura y su vida nuevamente por mi cabeza, y por mi corazón, sobre todo porque en estos días (si mal no recuerdo) el 18 de septiembre de 1985 fue el día en que Efraín alquiló una casita en Villa Sanguinetti - Arrecifes (mi pueblo) y fue el lugar en el que se instaló y vivió hasta el día de su muerte en 2003.
Ese día comenzó una nueva parte en su historia, en la historia de la FAM y todas sus ramas. Y, a partir de ese momento, también en mi vida algo comenzó a prepararse.
¿Y por qué yo voy a hablar de Efraín? Por que mucho me ha dado en su vida y mucho ha quedado muy guardado, pero también porque he sido quien más ha vivido junto a él y en tantos años nos hemos conocido demasiado bien. Y, porque, sobre todo, se lo debo y ya es hora de que deje de guardar todo y pueda compartirlo con quienes quieran.
Así es que les copiaré algo que él dijo un 3 de agosto de 2001, el día de mi cumpleaños, en una homilía en la Capilla San Cayetano y Beata Laura Vicuña de Arrecifes:

"De toda la Fundación, Fabián es la persona que más estuvo conmigo como fundador, el único: los demás han estado algún tiempo, pero después han tenido otros destinos. Pero el que ha permanecido al lado mío fue él, no porque sea el más fiel - que también lo es - , sino porque Dios lo quiso. Desde el 15 de enero del 86 hasta el día de la fecha, ni él ha podido sacarse de encima al que está hablando, ni yo he podido sacármelo de encima porque es el querer de Dios. Por eso creo que lo conozco más que nadie: son quince años de vivir todos los días bajo el mismo techo y comer del mismo pan, oírnos hablar, compartir, y por querer vivir el Evangelio en la exigencia que tiene de "amarnos los unos a los otros como Cristo nos amó", hemos puesto todo el empeño, el esfuerzo, superando todas las dificultades y desencuentros; porque no van a creer que todo fue una luna de miel...; no: ha habido suficientes y soberanos choques, pero nada ha podido quebrar la Unidad".

Recuerden, no voy a hacer una biografía, iré escribiendo a medida que se me presenten los recuerdos, aunque éstos vienen todos los días y en cada momento, porque nunca ha dejado de estar presente en mi vida, en mis actos y en cada decisión que he tenido que tomar, aunque en algún momento hayan sido las más difíciles de mi vida.
Nos vemos pronto ¡Fieles a la Vida!