Santa Teresita
de Lisieux y los Santos Ángeles Custodios llegaron a mi vida por medio de
Efraín. La Historia de un alma fue el primer libro que me dio el padre para
leer, y con esa lectura comencé el año de espiritualidad.
Es que para
Efraín Teresita (como le decíamos en familia) era alguien muy importante en su
vida sacerdotal, porque cuando comenzó su Noviciado en Chile, en la SAC, hizo con
ella una alianza de amor. Lo hizo porque se conocía a sí mismo y necesitaba
alguien que, desde el Cielo, lo acompañara y fortaleciera para vivir su
vocación. Así Santa Teresita fue para él un modelo de vida muy claro y
concreto.
La infancia
espiritual fue un rasgo muy característico de su espiritualidad que, aunque no
lo pareciera, tenía fuertes raíces en él e intentaba, contra viento y marea,
poder transmitir la fuerza de este Caminito. Confianza y abandono en el Señor y
María, han sido dos pilares que Teresita fue legando en su vida, y que él, a su
vez, fue legando en quienes lo escuchábamos y seguíamos (y seguimos) su
espiritualidad.
En ese espíritu
de niños que fue conquistando a lo largo de los años, también incluyó de modo
constante a su Santo Ángel de la Guarda, a quien le tenía mucha devoción porque
confiaba en su compañía, en su cercanía y en aquello que decía Jesús: que ellos
estaban día y noche en la presencia del Padre Celestial, y por eso sabían qué
era lo que Dios quería de cada uno de nosotros. Fue Efraín quien me enseñó que
el Ángel de la Guarda tenía un nombre, el de él se llamaba Bernardo. De este
modo podía tener un diálogo más personal con su Ángel.
Eran esta
pequeñas cosas de la vida cotidiana que uno podía disfrutar en el diálogo con
Efraín, cuando íbamos de viaje, cuando salíamos a algún lado, o simplemente
cuando estábamos tomando unos mates, o en alguna charla sin tiempo y sin tema.
Su espontaneidad
para hablar de las cosas de Dios era, para mí, algo maravilloso pues lo hacía
con total naturalidad. No había nada en su espiritualidad que lo guardara en
secreto, porque sabía que lo que él había conquistado era por la Gracia de
Dios, aunque también le implicaba mucho esfuerzo personal de negación y de
entrega, pero que no habría sido nada si no lo hubiera recibido de lo alto.
Así, los que
hemos estado bajo su tutela y formación sabemos que era muy importante para él
los pequeños gestos realizados con amor, desde el secar la pileta del baño
después de lavarnos la cara o los dientes, hasta el saludo de la mañana y la
sonrisa de cada día. Aunque muchas veces fuera exigente y duro en sus
enseñanzas y correcciones, sabíamos que siempre contábamos con la cercanía del padre
que escucha, comprende y acompaña, pero era constante en la vivencia de los pequeños
gestos de amor que tenía con todos y que quería que todos lo pudiéramos
aprender y vivir.
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