Quizás a muchos no les suene para nada estas imagines. Otros se acordarán que es la manera de escribir que tenía Efraín (antes de la computadora) en su máquina de escribir. Son los 7 Dones del Espíritu Santo, explicados (sumisamente y en lo que le interesaba) escritos en los famosos tarjetones de cartulina y plastificados. Efraín los tenía, junto a la Secuencia del Espíritu Santo, en su Breviario (libro de oraciones litúrgicas).
Nuestra última conversación no fue de las más agradables, fue un día antes de irme de viaje a Roma, junto con Any, un viaje que había sido programado con Efraín y que él quería que hiciéramos y, aunque casi todos, estábamos en contra en ese momento, Efraín en esa charla lo volvió a ratificar. Claro que discutimos un poco, como era habitual cuando había algunas cosas que no nos gustaban a uno y a otro, pero siempre, al final de cada charla (o discusión) volvíamos a encontrarnos.
Ese día, al finalizar nuestra conversación me dio los dos cartones: la Secuencia del Espíritu Santo y los Dones. ¿Por qué? Por que sabía que los iba a necesitar. Por que sabía que, como él, yo también tenía una gran devoción al Espíritu Santo, una devoción que él me había transmitido.
Efraín al finalizar el rezo de Laudes, cada mañana, rezaba la Secuencia del Espíritu Santo y pedía sus 7 Dones, porque sabía que no podría ser Fiel a la Vida si el Espíritu Santo no le regalaba cada día sus Dones Sagrados.
Al ser tan consciente de sus debilidades en la misma medida era consciente de dónde le venía la fortaleza y la sabiduría para poder perseverar en la Fidelidad a la Vida que el Señor le pedía vivir. Era consciente, también, que la Obra que Dios le había pedido comenzar no era Obra de Efraín, sino que era Obra del Espíritu Santo, y que sin Él no podría llevarla a cabo.
De esta realidad tomó mucho más consciencia cuando viajamos a Roma, en Octubre del 99. Allí el Secretario de la Congregación de Institutos de Vida Consagrada, con quien estuvimos hablando, le hizo darse cuenta que lo que Dios quería de la Obra sólo él lo sabía, porque a nadie más se le había confiado el carisma de la FAM y por lo tanto era él quien tenía que decidir hacia dónde debía encaminarse la FAM.
A partir de ese momento, si podría ser más, aumentó más la devoción al Espíritu Santo, por que tomó consciencia que tenía que defender esos Dones sólo con la fuerza del Espíritu, porque, en definitiva, era Él quien suscitaba esos carismas en su corazón, y era él quien podía interpretar con Su Luz lo que Dios quería.
Esa última charla antes de partir a Roma fue la última porque ya no hablé más con Efraín, cuando volvimos de Roma ya había partido a la Casa del Padre, pero antes de irse me había dejado ese hermoso regalo: la devoción incondicional al Espíritu Santo, con una condición: nunca le cierres las puertas al viento huracanado del Espíritu, porque si quieres ir en contra del Espíritu Santo no lo podrás hacer, o, mejor dicho, como le dijo alguna vez a alguien: perderás tu vida espiritual si intentas ir en su contra.

