viernes, 30 de octubre de 2015

Devoción al Espíritu Santo


Quizás a muchos no les suene para nada estas imagines. Otros se acordarán que es la manera de escribir que tenía Efraín (antes de la computadora) en su máquina de escribir. Son los 7 Dones del Espíritu Santo, explicados (sumisamente y en lo que le interesaba) escritos en los famosos tarjetones de cartulina y plastificados. Efraín los tenía, junto a la Secuencia del Espíritu Santo, en su Breviario (libro de oraciones litúrgicas).
Nuestra última conversación no fue de las más agradables, fue un día antes de irme de viaje a Roma, junto con Any, un viaje que había sido programado con Efraín y que él quería que hiciéramos y, aunque casi todos, estábamos en contra en ese momento, Efraín en esa charla lo volvió a ratificar. Claro que discutimos un poco, como era habitual cuando había algunas cosas que no nos gustaban a uno y a otro, pero siempre, al final de cada charla (o discusión) volvíamos a encontrarnos.
Ese día, al finalizar nuestra conversación me dio los dos cartones: la Secuencia del Espíritu Santo y los Dones. ¿Por qué? Por que sabía que los iba a necesitar. Por que sabía que, como él, yo también tenía una gran devoción al Espíritu Santo, una devoción que él me había transmitido.
Efraín al finalizar el rezo de Laudes, cada mañana, rezaba la Secuencia del Espíritu Santo y pedía sus 7 Dones, porque sabía que no podría ser Fiel a la Vida si el Espíritu Santo no le regalaba cada día sus Dones Sagrados.
Al ser tan consciente de sus debilidades en la misma medida era consciente de dónde le venía la fortaleza y la sabiduría para poder perseverar en la Fidelidad a la Vida que el Señor le pedía vivir. Era consciente, también, que la Obra que Dios le había pedido comenzar no era Obra de Efraín, sino que era Obra del Espíritu Santo, y que sin Él no podría llevarla a cabo.
De esta realidad tomó mucho más consciencia cuando viajamos a Roma, en Octubre del 99. Allí el Secretario de la Congregación de Institutos de Vida Consagrada, con quien estuvimos hablando, le hizo darse cuenta que lo que Dios quería de la Obra sólo él lo sabía, porque a nadie más se le había confiado el carisma de la FAM y por lo tanto era él quien tenía que decidir hacia dónde debía encaminarse la FAM.
A partir de ese momento, si podría ser más, aumentó más la devoción al Espíritu Santo, por que tomó consciencia que tenía que defender esos Dones sólo con la fuerza del Espíritu, porque, en definitiva, era Él quien suscitaba esos carismas en su corazón, y era él quien podía interpretar con Su Luz lo que Dios quería.
Esa última charla antes de partir a Roma fue la última porque ya no hablé más con Efraín, cuando volvimos de Roma ya había partido a la Casa del Padre, pero antes de irse me había dejado ese hermoso regalo: la devoción incondicional al Espíritu Santo, con una condición: nunca le cierres las puertas al viento huracanado del Espíritu, porque si quieres ir en contra del Espíritu Santo no lo podrás hacer, o, mejor dicho, como le dijo alguna vez a alguien: perderás tu vida espiritual si intentas ir en su contra.

martes, 20 de octubre de 2015

Hace doce años en el mismo lugar

Hace doce años estaba en Roma, también, y no pude dejar de recordar todo lo vivido en esos días, por eso vuelvo a publicar algo que escribí hace unos meses. Recién he celebrado una misa en la Capilla de la Madre del Divino Pastor, y la he ofrecido por Efraín, y por lo que eran sus intenciones de siempre: su familia, la FAM y aquellos que se encomendaban a sus oraciones.


Anoche tuve la Gracia de volver a soñar contigo. Parecía que sólo ayer nos habíamos visto por última vez. Pero al despertar no estabas, pero yo se que siempre estás.
La última vez que nos vimos fue al comenzar el viaje a Roma. No se si te distes cuenta que no nos veríamos más. Aunque yo sé que sí, que lo sabías desde hacía mucho.
Es por eso que quiero hoy comenzar por lo último.
Para muchos fue muy extraño que cuando llegué a San Roque y estuve frente a tu cuerpo sin vida no rompiera en llantos. Es que, como vos decías siempre, ese no eras vos: eran tus restos mortales: ya habías vuelto a la Casa del Padre. Por eso ahora voy a contarte, aunque lo sabes, aquello que escribía en mi diario mientras te preparabas para ir al encuentro del Señor.

Es así que nunca sufrí tu retorno al Padre, pues era lo que tú anhelabas. Desde que aceptaste seguirlo sabías que un día volverías a Su Casa, y aunque creías que iba a ser mucho más antes, sabías que cuando llegara la hora estarías preparado para aceptar, una vez más, el llamado.
Por eso tuvimos la oportunidad de estar, los últimos días de tu calvario muy unidos desde la oración, desde el encuentro profundo del diálogo con el Señor, pues es el único que conocía y conoce los corazones de los hombres. Y, Él conocía tu corazón. Y también conoce mi corazón. Sabe, aunque muchos no lo sepan, que sólo el Amor a Él nos unía estrechamente. Perdón, que nos une estrechamente, pues la muerte terrenal no puede separarnos del Amor de Dios, del Amor a Dios.

Fueron esos días, tú con tu cruz; yo en la distancia, donde pude vivir aquello que tantas veces te había dicho, que lo aprendí de Santa Teresa de los Andes: cuando usted me necesite Papacito, me encontrará a los pies del Señor, ante el altar. Yo tenía al Señor en cada altar de Roma, en cada Iglesia, aún en la casa donde vivíamos. Tú tenías el altar de la cruz en tu carne, en tu cuerpo. No recuerdo aún momentos de mayor oración y profunda contemplación, pues supe que ya no nos veríamos más aquí en la tierra, sino que nuestro próximo encuentro sería junto al Señor, en el altar de cada Eucaristía y, más adelante en el Altar del Cielo.
Sabes bien que no le pedí a Dios, en esos días que te sanara, y eso me trajo algunos enojos y enfados con algunos. Habíamos aprendido que no había que forzar a Dios a hacer milagros, pues el mejor milagro era pedir la fortaleza necesaria para aceptar con gozo la Cruz. Pues habías asumido, al seguirlo, todos los caminos y no había que rechazar ninguno. Cada día le pedía la fortaleza de tu espíritu para seguir, como cada día de tu vida, aceptando el madero de la Cruz. Pues eso fue lo que enseñaste en cada homilía, en cada predicación, en cada momento.
Muchas veces no entendíamos por qué tanto énfasis en la predicación de la Cruz, pero finalmente se comprende que si no la aceptamos no llegamos al Encuentro. Pues sólo abrazando apasionadamente el árbol de la Cruz es como se alcanza la Vida. Y así lo hiciste. Abrazaste ese leño con todas tus fuerzas, con todo tu ser, con todo tu corazón y con toda tu mente.
Pero, querido padre, esos últimos momentos, no fueron los más dolorosos de tu vida. Esos días sólo fueron el culmen de tu vida. Sabiendo que era el momento de la entrega final, ese abrazo fue el abrazo más gozoso de tu vida, pues en él no tenías ya fuerzas para rechazarla, en cambio tenías la certeza del encuentro gozoso con el Amor Amado.

No hubo llantos. Sí lágrimas porque te ibas, o, mejor, como tú decías: te adelantabas a nosotros. Pero tú lo deseabas, era el encuentro esperado ¿por qué llorar?

viernes, 2 de octubre de 2015

Algo sobre Santa Teresita y los Ángeles Custodios

Santa Teresita de Lisieux y los Santos Ángeles Custodios llegaron a mi vida por medio de Efraín. La Historia de un alma fue el primer libro que me dio el padre para leer, y con esa lectura comencé el año de espiritualidad.
Es que para Efraín Teresita (como le decíamos en familia) era alguien muy importante en su vida sacerdotal, porque cuando comenzó su Noviciado en Chile, en la SAC, hizo con ella una alianza de amor. Lo hizo porque se conocía a sí mismo y necesitaba alguien que, desde el Cielo, lo acompañara y fortaleciera para vivir su vocación. Así Santa Teresita fue para él un modelo de vida muy claro y concreto.
La infancia espiritual fue un rasgo muy característico de su espiritualidad que, aunque no lo pareciera, tenía fuertes raíces en él e intentaba, contra viento y marea, poder transmitir la fuerza de este Caminito. Confianza y abandono en el Señor y María, han sido dos pilares que Teresita fue legando en su vida, y que él, a su vez, fue legando en quienes lo escuchábamos y seguíamos (y seguimos) su espiritualidad.
En ese espíritu de niños que fue conquistando a lo largo de los años, también incluyó de modo constante a su Santo Ángel de la Guarda, a quien le tenía mucha devoción porque confiaba en su compañía, en su cercanía y en aquello que decía Jesús: que ellos estaban día y noche en la presencia del Padre Celestial, y por eso sabían qué era lo que Dios quería de cada uno de nosotros. Fue Efraín quien me enseñó que el Ángel de la Guarda tenía un nombre, el de él se llamaba Bernardo. De este modo podía tener un diálogo más personal con su Ángel.
Eran esta pequeñas cosas de la vida cotidiana que uno podía disfrutar en el diálogo con Efraín, cuando íbamos de viaje, cuando salíamos a algún lado, o simplemente cuando estábamos tomando unos mates, o en alguna charla sin tiempo y sin tema.
Su espontaneidad para hablar de las cosas de Dios era, para mí, algo maravilloso pues lo hacía con total naturalidad. No había nada en su espiritualidad que lo guardara en secreto, porque sabía que lo que él había conquistado era por la Gracia de Dios, aunque también le implicaba mucho esfuerzo personal de negación y de entrega, pero que no habría sido nada si no lo hubiera recibido de lo alto.

Así, los que hemos estado bajo su tutela y formación sabemos que era muy importante para él los pequeños gestos realizados con amor, desde el secar la pileta del baño después de lavarnos la cara o los dientes, hasta el saludo de la mañana y la sonrisa de cada día. Aunque muchas veces fuera exigente y duro en sus enseñanzas y correcciones, sabíamos que siempre contábamos con la cercanía del padre que escucha, comprende y acompaña, pero era constante en la vivencia de los pequeños gestos de amor que tenía con todos y que quería que todos lo pudiéramos aprender y vivir.