Hace doce años estaba en Roma, también, y no pude dejar de recordar todo lo vivido en esos días, por eso vuelvo a publicar algo que escribí hace unos meses. Recién he celebrado una misa en la Capilla de la Madre del Divino Pastor, y la he ofrecido por Efraín, y por lo que eran sus intenciones de siempre: su familia, la FAM y aquellos que se encomendaban a sus oraciones.
Anoche tuve la Gracia de volver a soñar contigo. Parecía que sólo
ayer nos habíamos visto por última vez. Pero al despertar no estabas, pero yo se
que siempre estás.
La última vez que nos vimos fue al comenzar el viaje a Roma. No se
si te distes cuenta que no nos veríamos más. Aunque yo sé que sí, que lo sabías
desde hacía mucho.
Es por eso que quiero hoy comenzar por lo último.
Para muchos fue muy extraño que cuando llegué a San Roque y estuve
frente a tu cuerpo sin vida no rompiera en llantos. Es que, como vos decías
siempre, ese no eras vos: eran tus restos mortales: ya habías vuelto a la Casa
del Padre. Por eso ahora voy a contarte, aunque lo sabes, aquello que escribía
en mi diario mientras te preparabas para ir al encuentro del Señor.
Es así que nunca sufrí tu retorno al Padre, pues era lo que tú
anhelabas. Desde que aceptaste seguirlo sabías que un día volverías a Su Casa,
y aunque creías que iba a ser mucho más antes, sabías que cuando llegara la
hora estarías preparado para aceptar, una vez más, el llamado.
Por eso tuvimos la oportunidad de estar, los últimos días de tu
calvario muy unidos desde la oración, desde el encuentro profundo del diálogo
con el Señor, pues es el único que conocía y conoce los corazones de los
hombres. Y, Él conocía tu corazón. Y también conoce mi corazón. Sabe, aunque
muchos no lo sepan, que sólo el Amor a Él nos unía estrechamente. Perdón, que
nos une estrechamente, pues la muerte terrenal no puede separarnos del Amor de
Dios, del Amor a Dios.
Fueron esos días, tú con tu cruz; yo en la distancia, donde pude
vivir aquello que tantas veces te había dicho, que lo aprendí de Santa Teresa
de los Andes: cuando usted me necesite Papacito, me encontrará a los pies del
Señor, ante el altar. Yo tenía al Señor en cada altar de Roma, en cada Iglesia,
aún en la casa donde vivíamos. Tú tenías el altar de la cruz en tu carne, en tu
cuerpo. No recuerdo aún momentos de mayor oración y profunda contemplación,
pues supe que ya no nos veríamos más aquí en la tierra, sino que nuestro
próximo encuentro sería junto al Señor, en el altar de cada Eucaristía y, más
adelante en el Altar del Cielo.
Sabes bien que no le pedí a Dios, en esos días que te sanara, y
eso me trajo algunos enojos y enfados con algunos. Habíamos aprendido que no
había que forzar a Dios a hacer milagros, pues el mejor milagro era pedir la
fortaleza necesaria para aceptar con gozo la Cruz. Pues habías asumido, al
seguirlo, todos los caminos y no había que rechazar ninguno. Cada día le pedía
la fortaleza de tu espíritu para seguir, como cada día de tu vida, aceptando el
madero de la Cruz. Pues eso fue lo que enseñaste en cada homilía, en cada
predicación, en cada momento.
Muchas veces no entendíamos por qué tanto énfasis en la
predicación de la Cruz, pero finalmente se comprende que si no la aceptamos no
llegamos al Encuentro. Pues sólo abrazando apasionadamente el árbol de la Cruz
es como se alcanza la Vida. Y así lo hiciste. Abrazaste ese leño con todas tus
fuerzas, con todo tu ser, con todo tu corazón y con toda tu mente.
Pero, querido padre, esos últimos momentos, no fueron los más
dolorosos de tu vida. Esos días sólo fueron el culmen de tu vida. Sabiendo que
era el momento de la entrega final, ese abrazo fue el abrazo más gozoso de tu
vida, pues en él no tenías ya fuerzas para rechazarla, en cambio tenías la
certeza del encuentro gozoso con el Amor Amado.
No hubo llantos. Sí lágrimas porque te ibas, o, mejor, como tú
decías: te adelantabas a nosotros. Pero tú lo deseabas, era el encuentro
esperado ¿por qué llorar?
Que pena, llegue tarde. Hoy senti la necesidad de googlear a ver si sabia algo de Efrain y me encuentro con este comentario. Fue el sacerdote que consagro nuestro matrimonio en enero de 1972, como amigo y orientador el grupo catolico que participabamos. Aun recuerdo parrafos de su homilia. Escribo esto aqui por que es el primer dato que encuentro y siento la necesidad de hacerlo. Efrain ha sido para nosotros un gran sacerdote y una extraordinaria persona. Cada tanto teniamos alguna noticia de amigos sobre su transito por los caminos de Dios. Pero ultimamente el silencio era señal de un mal presagio. Hoy te encuentro aqui, en este lugar y aprovecho para darte un gran abrazo al riempo de agradecerte tus orientaciones y consejos. Ademas te cuento que aquello que nos ayudastes a fundar hoy es una gran familia con cuatro hijos, todos casados y con seis nietos. Todos dejamos aqui el mejor de los recuerdo y con todo afecto te damos un fraterno abrazo junto a una piadosa oracion por tu eterno descanso. Pancho Mendoza
ResponderEliminarHola Pancho. Lamento que te hayas enterado así. Pero ya hace 12 años que Efraín volvió a la Casa del Padre. Fue en Arrecifes, donde esta la Casa de Formación de la FMM, y allá mismo está sepultado.
ResponderEliminarGracias por tu recuerdo y comentario. El Negro dejó grandes huellas en nuestras vidas y es imposible olvidarlo.
Te mando un abrazo.
Fabián.